viernes, julio 29, 2011

Una mentira bonita

A propósito del Mundial Sub–20, reproduzco este artículo que me encargaron para un especial  de la revista Semana, en el que me pedían que escribiera sobre Armenia, una de las sedes del campeonato.
Hay una mentira que he dicho incansablemente desde que tengo uso de razón. Y a lo largo de mi vida la he repetido tanto que no me inmuto. La suelto con la misma frescura que un político cuando dice: “Mi vida es un libro abierto”. La he pronunciado sin vacilar al matricularme en las distintas instituciones donde he estudiado; la he puesto por escrito en cuantas solicitudes he llenado; la he usado para responder en todos los aeropuertos del mundo que he pisado. En español, en inglés, en alemán, la he dicho siempre, sin el menor remordimiento.

Sí, yo sé que a alguien que se la pasa criticando a los políticos por mentirosos no se le ve bien que mienta tan descaradamente; y por eso, al hacer pública esta confesión, quiero quitarme un piano de encima. Pese a lo que he afirmado siempre, a pesar de lo que dice en mi cédula, en mi pasaporte y en mis demás documentos, yo no nací en Armenia. Nací en Bogotá, un domingo 22 de diciembre, hace casi 48 años. Sin embargo, antes de cumplir un año fui llevado a vivir a Armenia, que entonces era una pequeña ciudad perteneciente al departamento de Caldas.

En Armenia empecé a caminar, a balbucear mis primeras palabras y –lo más importante– a hacer mis primeros trazos con los lápices que afilaba mi padrino, Eduardo Alzate. Fue él quien me bautizó en la iglesia del Carmen, en la carrera 18, cuando yo bordeaba los cuatro años. Y también fue él quien me explicó, años más tarde, que yo no era de Armenia, sino de Bogotá, palabras que me entraron por un oído y me salieron por el otro, pues a esas alturas del partido yo ya era el más cuyabro de los cuyabros, con acento y todo.

Armenia es una ciudad de la que me siento orgulloso y por eso repito siempre esa mentira bonita cuando me preguntan de dónde soy. La Ciudad Milagro –como la bautizó el poeta Guillermo Valencia– es más un pueblo grande que una ciudad pequeña, que ha adoptado ciertas características de metrópoli, pero que conserva esa calidez social propia de las poblaciones colonizadas por el empuje antioqueño, donde la amabilidad es una marca registrada.

Como sus hermanas Manizales y Pereira, Armenia se ha convertido en destino nacional e internacional de turistas, no sólo por sus extraordinarios paisajes, su agradable clima (20º promedio) o su particular arquitectura, sino por la simpatía de sus habitantes, para quienes nadie es forastero. La vida allá transcurre a un ritmo tranquilo, perfumada en las mañanas con el aroma del café fresco que lo envuelve todo y ambientada por la brisa suave y lenta que baja de la cordillera central al caer la noche.

Las magníficas carreteras del Quindío son una tentación permanente a conocer los alrededores de la capital y los demás pueblos del departamento en breves recorridos que son un deleite geográfico.

Así las cosas, ¿para qué ponerme a rectificar mi ciudad de origen? Cada vez que me vuelvan a preguntar, seguiré respondiendo sin sonrojo que soy de Armenia, pues yo no soy de donde nací, sino de donde afilé mi primer lápiz.

3 comentarios:

  1. Hermosa columna Vladdo! no es una mentira, sos de Armenia... y ahora vivís en donde naciste.

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  2. Es que literalmente debe haber una diferencia entre ¿dónde naciste? y ¿de dónde eres?. Uno es de donde se crió, y no de donde nació. Lo mismo sucede con los hijos adoptados, tienen una madre "biológica", pero su mamá es la que los crió.

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  3. Excelente entrada, pienso uno es de donde nace, pero también de donde se vive.

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